Alter Vita

Porque la vida no es suficiente

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Lugar: Badajoz, Spain

domingo, junio 10, 2007

Tren en blanco y noir: grand finale


Lo sabe, al fin.

La lluvia arrecia de golpe, disolviendo la revelación en una cortina líquida, regueros invisibles que el viento no tardará en dispersar lejos del tren en marcha; pero ya es tarde. Ya no es posible ignorar lo que se ha sabido de repente y con horror; no ver –tras despegar la mirada del cristal y girarla con lento fatalismo hacia la mujer- el morado ominoso que la sombra de ojos apenas maquilla, las costras en el labio que un rouge intenso trata de disimular, la ceja rota en varios tramos que un perfilador ha vuelto a enlazar no sin esfuerzo, el amarillo rojizo de antiguos hematomas en el que los polvos faciales son como nieve cayendo incesante e inútilmente sobre un campo ponzoñoso… Y, por encima de todo ello, dominando serena su reino de heridas, la mirada de la mujer; una mirada que se sabe descubierta, que interroga con furia quién es nadie para juzgarla, que solicita un perdón universal sin saber de qué pecado ha de ser perdonada, que se repliega avergonzada por su indignidad de víctima… En el espacio congelado de un segundo él entiende todo esto, y muchas otras cosas que no sabría expresar; luego, con el primer parpadeo incrédulo, el tiempo se restablece y él, simplemente, huye, escapa, sale despavorido hacia cualquier otra parte, en una estampida visual que rastrea todos los rincones del vagón en busca de un refugio imposible, y que finalmente va a dar con sus huesos, una vez más, en el cálido y familiar vértigo blanco del papel…

…Pero entonces algo sucede: la nada queda suspendida, paralizada en mitad de su labor destructora, como una sentencia que se aplaza por órdenes misteriosas, el capricho de un oscuro demiurgo que aún quisiera juguetear más con sus criaturas. Miro al instante mis manos y las encuentro sólidas, recorro con ellas mi cuerpo recordando el vértigo de fundirme en una inexistencia negra y espesa, destinada a fecundar la gran llanura blanca que es mi única patria. Sea como fuere, mi cuerpo es de lo poco que ha sido hurtado a la nada; a mi alrededor el vagón aparece deslustrado, reducido a sus elementos mínimos, apenas unas líneas desvaídas que insinúan pobremente lo que antes imitaba con exactitud, hasta la confusión de los sentidos, la realidad. Una luz gris, una no-luz tiñe de incertidumbre la escena, reflejándose extrañamente en las superficies planas y sin textura, a las que no consigue arrancar el más mínimo color, ni siquiera una triste sombra. Sólo la ventana, o el paisaje que se recorta en ella, mantienen algo más que una ilusión de vida, mostrando el discurrir de un mundo brumoso y empañado de lluvia que, con un escalofrío, reconozco ajeno.

Un murmullo me saca de mis pensamientos. Es más un ronroneo que un murmullo, y, antes de girarme, sé lo que voy a encontrar. Como esperaba, la nada también la ha respetado a ella: sensual, serena a pesar de todo, su cuerpo descansa a medio recostar sobre el esqueleto de una cama que apenas conserva la sustancia suficiente para sostenerla en algo más sólido que el aire. Sólo entonces repara en mí, o finge sorprenderse de manera exquisita, y sonríe en un gesto de reconocimiento que parece querer decir, con ironía, que se ha visto en situaciones peores que ésta. Sus ojos han recuperado parte de su altivez, su ciego desprecio al peligro, y de repente mil imágenes, mil recuerdos enseñoreados por esos ojos, me muerden a traición con el veneno de la añoranza y la lujuria. Como si lo notara, su cuerpo se desenrosca algo más, tentador, y su sonrisa se acentúa con el destello de una promesa. Siento entonces que mis hilos –los que me han traído de la nada, los que me movieron desde que subí a este tren maldito- se tensan, y, obediente, echo a andar.

No tenemos mucho tiempo: a medida que me aproximo a ella las formas escasas que aún quedan en pie se van desdibujando, borradas por una goma invisible y deletérea; pronto sólo quedarán nuestros cuerpos, y esa escotilla hacia otro mundo ignoto que es la ventana preñada de lluvia. No apresuro mi paso, empero. Tampoco podría hacerlo, los hilos que tiran de mí imponen un ritmo lento, casi agónico, que me permite paladear con dulce anticipación lo que va a suceder en breves momentos, dentro de una eternidad. Ella también disfruta el receso, juega lasciva consigo misma, se acaricia con languidez los encantos en que recuerdo haber saciado la sed de mis entrañas hace ya varias vidas... Entonces, cuando creo que no lo voy a soportar más, la coreografía llega a su punto álgido. Las dos figuras que permanecen en escena, los dos actores que soportan el drama, se reúnen al fin.

La miro, su cara a un palmo, sus labios abiertos, anhelantes. Avanzo hacia ella una mano que porta la primera de una interminable serie de caricias, y… la abofeteo. Sus ojos se abren mucho, con una sorpresa esta vez real, imposible de fingir. Los míos no lo hacen menos. Toda su atención está en mi mano, de repente ajena, la mano de otro al final de mi brazo; con horror, contemplan cómo se cierra en un puño crispado. El golpe es brutal, un estallido que lo quiebra todo, que acaba con el último resto de inocencia que atesorara en el rincón más secreto de mi alma. Ella me mira esquinada y borrosamente, recuperándose del dolor y el desconcierto, incapaz de entender; un hilillo de sangre le resbala de los labios que sólo hace un instante yo iba a besar, y un círculo morado comienza a extenderse por su mejilla… Entonces, su cabeza se convulsiona violentamente, y descubro consternado que he vuelto a golpearla.

No quiero hacerlo, pero no puedo evitarlo. Con los ojos inundados de lágrimas, veo cómo los golpes ahora a dos manos se suceden implacables, mientras lo que va quedando de ella, cada vez más abotargado e irreconocible, se retuerce entre espumarajos. Llegado un momento decido mirar a otro lado, ya que al menos no he perdido el control de mis ojos; cegar mis oídos no es tan sencillo, pero por fortuna los gritos y las súplicas, rotos entre gorgoteos, se van haciendo a cada golpe menos audibles, hasta que no queda más que un balbuceo ronco y curiosamente atonal que pronto, también, desaparece. Sólo en ese momento mis puños abandonan su frenético carrusel y, abriéndose en manos insensibles, despellejadas, cuelgan fláccidos a ambos lados de mi cuerpo. En el repentino silencio, cargado de ecos indecibles, sólo suena el espasmo de mi voz, que repite aún como un mantra la palabra que niega el horror que acaba de tener lugar. Por fin, súbitamente debilitado, no más sostenido por hilos ajenos, caigo junto a ella, me desplomo para ver cómo una ola de blancura se abate sobre nosotros, rizándose para abarcar los dos cuerpos y no dejar atrás ninguna anomalía. En el último segundo, antes de ser golpeado por la nada, un impulso de justicia poética me lleva a decir, a modo de despedida, una última palabra…

Amén.

Cuando levanta la mirada de nuevo, turbado, sudoroso, ella ya no está. Su lugar junto a la ventana es ocupado ahora por un vacío que conserva su forma, un fantasma sin facciones que descansa su rostro en el cristal y que sólo él puede ver, sólo a él acompañará el resto del viaje, quizá más allá. Por un momento duda que haya existido alguna mujer de carne y hueso, pero enseguida percibe el sutil rastro de incomodidad que su marcha, quizá al bajar en una parada que él no ha sido capaz de detectar, ha dejado entre los pasajeros del vagón. En efecto, es posible rastrear una huella casi corpórea de su paso, hecha de miradas esquivas a la puerta, murmullos insidiosos, y un alivio generalizado mezclado con una clase ominosa de compasión.

Él los mira a ellos, a su vez. Sus acompañantes en este viaje: personas de orden, gentes bienpensantes, pulcramente organizadas en sus dos filas de asientos. Dos brillantes filas de asesinos civilizados: homicidas del día a día, como él mismo, que acaban de sacrificar una nueva víctima al altar de la indiferencia. Poco importa ya, todos los trenes siguen su curso y éste no es excepción; se mida en horas o en kilómetros, el olvido no tardará en aparecer en un próximo recodo del camino. Del drama exhibido, de la tragedia obscenamente cruzada en sus vidas sólo quedará, para la mayoría, una anécdota curiosa que contar con fingido escándalo en el lugar de destino. Poco más, en realidad, que papel emborronado, meticulosamente arrugado en una bola y tirado sin mirar atrás al cubo de la basura de una estación de tren cualquiera.

sábado, junio 09, 2007

Romeo & Julieta reloaded

(Recupero un relato viejillo, de mi primer periodo de formación, que me ha sorprendido al desempolvar viejos papeles -esto es, hojear el contenido de alguna carpeta de Windows- por su frescura y sencillez. Coming soon: la edición definitiva de Tren en blanco y noir, cuyas galeradas -ejem- estoy corrigiendo justo ahora).

Verona, 2004. A través de los siglos, una pareja arquetípica reproduce y actualiza los esquemas del amor. Hay cosas que tienen una cualidad intemporal; así, la manera en que brillaban los ojos de ella a la luz de la luna, o las palabras que él le susurraba al oído en noches de delirio dulce e interminable. Sobre todo lo demás, el tiempo acaba por imponer sus inflexibles condiciones.

Romeo vuelve a casa, agotado tras una dura jornada tratando de convencer a un cliente de que su mierda es perfectamente vendible, siempre que la avale una sólida campaña de publicidad como la que su empresa, precisamente, puede ofrecerle. Ni siquiera la habitual raya de coca a mediodía ha conseguido sacarlo de un estado levemente depresivo que le viene durando ya semanas: el lento tránsito sin altibajos en que un conformismo hecho rutina ha transformado su vida. Tampoco el olor de la cocina le despierta de su embotamiento, ni las noticias que escupe el televisor y que él, desplomado en un sillón, oye sin escuchar.

Julieta trajina con los cacharros en la cocina, sujeta a esquemas atávicos que ni la modernidad más recalcitrante ha logrado desarmar. Pero ella es una chica de hoy en día, qué menos; su lugar, aquél en el que se siente realizada, está fuera de casa, en un trabajo más bien infame en el que se deja explotar alegremente, con tal de no verse reducida a un estereotipo machista. Su necesidad de salirse de un guión escrito siglos atrás, también, la llevó a negarse a tener hijos, lo que originó la primera gran fractura en su relación con Romeo, tan condenadamente italiano, tan chapado a la antigua. Al fin y al cabo, los Montesco siempre han tenido descendencia, tradicionalmente masculina; algo menos de dos robustos varones sería casi una vergüenza, sobre todo para la mamma, siempre ávida de nietos. En lo que, para consternación de Julieta, están de acuerdo los de su propia sangre, los Capuleto, quienes, tras un inicio de relación algo problemático, han acabado formando con los Montesco una bien avenida familia (en la acepción siciliana del término).

La aún joven pareja comerá en silencio, tras intercambiar un beso desganado y tres o cuatro frases de cortesía. La centelleante pantalla del televisor será el refugio de sus miradas, que no se rozarán más que en sus desplazamientos de un plato a otro. Sin embargo, subrepticiamente, ella lo mirará, constatará el enrojecimiento de sus ojos, cada vez más visible, y se preguntará si es sólo efecto de la droga que le ha sorprendido tomando en ocasiones. Nada sabe de él, de lo que esconde su mutismo, y a medida que éste crece se hace más difícil romperlo, como una barrera física que se hubiera instalado firmemente entre ellos. Por su parte, él es consciente de las miradas clandestinas llenas de preocupación, y las aborrece. Sólo quiere que le dejen en paz, que no rompan su callado ensimismamiento, ese lugar del alma en el que se aferra a la belleza que la realidad no le muestra por ningún otro lado. Bastante tiene con cumplir con los trámites burocráticos de la vida, trabajar y todo lo demás; el resto del tiempo es para él, si consigue sacarse de encima las toneladas de frustración y derrota que los años han ido depositando en su ánimo. Y ella no se lo hace precisamente más fácil, con sus exigencias de romanticismo a la antigua –¡ella, tan moderna!- y su preocupación constante sobre el devenir de su relación, qué nos está pasando, por qué no eres el de antes, y toda esa basura sacada de revistas para mujeres aburridas. Así que se encierra aún más en su silencio, la mira con gesto hosco cuando ella le sonríe tímida, y acaba el plato lo antes posible, para prolongar su aislamiento mental en la soledad de su estudio.

Y así seguirán las cosas, sin más tragedias que una infelicidad larvada, como la de cualquiera, nunca explícita más que en gestos y silencios llenos de significado. Y a nadie le extrañará que él sucumba un día a una sobredosis de droga (seguramente, un intento desesperado de contrarrestar una sobredosis de realidad), ni que ella aparezca el mismo día muerta en su bañera, desnuda en el agua enrojecida por su sangre. Pero lo característico de esta encarnación del mito, el aporte de nuestro siglo a la historia original, es que ambas muertes, por vez primera, no tendrán relación entre sí; ambos amantes morirán en soledad, como vivieron, sincronizados sin saberlo y sin conocer –ni importarles en lo más mínimo- la suerte del otro.

Hasta que renazcan en otra época, en la que, románticos incorregibles, les deseamos mejor fortuna.

martes, abril 24, 2007

Tren en blanco y noir, VII

El escritor da un respingo, se agita, y luego se queda muy quieto. Se siente desnudo, reducido de pronto a sí mismo, apresado en una realidad sin paliativos. Confusamente echa de menos una gabardina y un sombrero que nunca ha vestido, una pistola que no ha llegado a empuñar. A su alrededor la escena se reconstruye, lenta y desganada: el único tren verdadero, la tarde desapacible, el hastío que lleva a componer historias de la nada (y, siguiendo un oscuro impulso, reintegrarlas a la nada después), sacarlas de un gesto casual o un encuentro azaroso, combatir con ellas la terca fealdad de lo real…

Pero ahora ella le está mirando. La única mujer que queda, ya sin rival en el tren otro, pero aún duplicada en éste, escindida entre sí misma y su gemela en la ventana. Las observa alternativamente, pero sólo una de ellas parece corresponderle, mientras la otra -la de verdad, piensa confuso- no aparta sus ojos de un punto del cristal donde, en ese mismo instante –sólo ahora él cae en la cuenta- debe de estar flotando su propio reflejo. Esto le inquieta por partida doble, la presencia de su imagen en la ventana, a la vista de todos, y el empeño de la mujer en mirarlo a través de ésta, como si sólo en ese territorio impreciso, mezcla del paisaje de fuera y los fantasmas de dentro, pudieran encontrarse. Él también se ve arrastrado hacia el cristal, donde el rostro de la mujer es rehecho a cada instante por el desfilar de un mundo en continuo movimiento: las manchas verdes y negras de los árboles, el amarillo sucio del pasto, el fucsia violento de las heridas que se abren aquí y allá en el cielo gris… Un borrón multicolor que cambia constantemente, que hormiguea con el agua en la ventana, transfigurando los rasgos de ella, lavándolos de su apariencia cotidiana para convertirlos en una máscara deforme y acaso más verdadera…

Entonces, lo sabe.


(Continuará...)

lunes, abril 02, 2007

Alter Vita Reloaded


Memoria de otra huída.

Ya en el andén (tan pronto) me asalta violenta la sensación: cuánto tiempo he perdido sin viajar, cuánto tiempo he estado fuera de casa.

La sabiduría secreta del viajero, ese aprendizaje sucesivo (a medida que el viaje amplía su radio, fuera y dentro de uno) que comienza con la torpeza e inseguridad del viajero ocasional (¿llevé todo? ¿es éste mi autobús? ¿no me habré equivocado de andén?). Yo alcancé otro estadio, en el que el viaje me afloraba a los ojos y al cuerpo de manera más natural; ahora me maldecía por haber dejado que ese conocimiento se extinguiera...

Un viaje trae ecos de todos los viajes anteriores, los legitima en el recuerdo; lo mejor, legitima a quien fuimos en cada uno de ellos (¿y quién seré en éste?)

El de viajero es un disfraz que se pone por dentro; una vez puesto (y esto pasa de repente, violentamente, en cualquier andén) la vida es otra, o, más importante aún: puede serlo (una inmensa variedad de otras vidas, desplegándose ante uno lentamente, sin acosarlo aún con la exigencia de elegir...)

Ballard vuelve a reinar en las carreteras, presentes y pasadas.

Nada parece perdido, todo parece al alcance (como si al desencajarme de mis perfiles hubiera olvidado que algún día perdí algo). ¿Es viajar la fuente de la eterna juventud?

Y entonces viene, tan temprana, la paradójica rehabilitación de lo dejado atrás: no ha cambiado la ciudad aún tan cercana, ni sus habitantes, pero sí, con tan poca distancia de diferencia, se siente distinto uno, merecedor de la trama de afectos de la que, kilómetro a kilómetro, se va alejando...

Todo viaje parece ponerse naturalmente bajo el signo de una mujer; como una deidad rectora del viaje, que lo justifica (y entonces se huye de esa mujer) o lo envenena (y entonces la ciudad de destino muestra en todas sus calles el rostro de la mujer que se dejó atrás).

El mensaje de la mujer en mi móvil, que me pinta una tonta sonrisa frente al recepcionista, me reafirma absolutamente en el camino reemprendido: uno en el que pasan cosas, y la gente vuelve a hablar en mi lenguaje. (Días después la sobriedad relativizará, pero en aquel dulce instante todo fue alcanzable, también la mujer).

Luego otra mujer se recorta de mi memoria para aparecerse como un fantasma sobre las calles en las que, años atrás, mi memoria la registró... Casi puedo verla -casi puedo vernos- en el portal en que nos despedimos tantas noches, donde se iba fraguando un beso que el miedo dejaba, noche tras noche, suspendido entre dos miradas...

La presunción de inocencia cubre de manera natural la ciudad alcanzada, se extiende a sus gentes, acaba extendiéndose también a mí. Descanso entonces, al fin, de mis culpas pasadas, reales o ficticias.

Pero...

Antes o después la realidad lo alcanza a uno, recordándole que el viaje es apenas excursión, poco más que paseo, tan lejos de aquellos viajes del pasado que se escribían en mayúsculas, en busca de un destino nuevo, una vida rutilante que hiciera olvidar brumas pasadas...

La contracrónica: cada vez tarda menos en alcanzarme aquel que soy, mi yo-jaula, a quien ya no puedo engañar más que un tiempo pírrico, que sigue mi rastro sin dificultad como un sabueso experimentado e implacable... Apenas disfruto de un autobús de diferencia, el que media entre su viaje y el mío, para permitirme la ficción de ser otro.

La inseguridad también es mi compañera de viaje; subrepticiamente se mete en mi maleta y sale cuando menos la espero, recordándome que viajo, también, con mi sombra... Luego, esa misma noche, el trovador uruguayo me hermana con la duda, y siento firmemente que sólo con ella estoy completo, sólo asumiéndola me reconozco.

El viaje dura lo que dura la ilusión de lo otro; luego es sólo cansar el cuerpo, a la espera de un transporte que nos lleve de vuelta a donde, lamentablemente, recordamos que pertenecemos, una y otra vez...

...Pero ya en el regreso pervive una neblina agradable que difumina lo literal, lo envenena con el recuerdo de otras calles y su rastro de cansancio dejado en las piernas... Uno no termina de saber dónde está, y entonces se ilumina la segunda parte del viaje: volver con la libertad puesta encima, con el rastro de lo otro -su huella liberadora- como una impresión en los nervios, que uno trarará de hacer indeleble...

Y otro azar afortunado (el viaje es propicio a los azares): creyendo ya el viaje frustrado entrar en una librería y comprar, paradójicamente, una guía de viajes... Días después el presunto fracaso se habrá convertido en un tímido primer paso hacia la recuperación de un yo viajero, y la guía, símbolo y sostén de ese renacido y ya ardiente deseo...

(Próximo capítulo: Uruguay)

domingo, abril 01, 2007

Hermana duda

(Unas coplillas rescatadas del concierto del trovador uruguayo en el auditorio de Cáceres -Jorge Drexler es la mancha naranja en el extremo derecho de la imagen...)

Hermana duda

No tengo a quien rezarle
pidiendo luz,
ando tanteando el espacio a ciegas

No me malinterpreten
no estoy quejándome
soy jardinero de mis dilemas

Hermana duda
pasarán los años
cambiarán las modas
vendrán otras guerras
perderán los mismos
y ojalá que tú
sigas teniéndome a tiro.

Pero esta noche,
hermana duda
hermana duda
dame un respiro.

No tengo a quien culpar que no sea yo
con mi reguero
de cabos sueltos

No me malinterpreten,
lo llevo bien,
o por lo menos hago el intento.

Hermana duda,
pasarán los discos
subirán las aguas
cambiarán las crisis,
pagarán los mismos
y ojalá que tú
sigas mordiendo mi lengua.

Pero esta noche,
hermana duda
hermana duda
dame una tregua.

martes, enero 30, 2007

Call center bytes, 3

Comunicado.

Uno de los secretos mejor guardados del call center -aun para sus moradores habituales- es la extrema movilidad geográfica de sus trabajadores. Algunas voces perspicaces -algunas miradas certeras, adiestradas en las geografías de lo invisible- se han alzado a la dirección pidiendo en justicia un sueldo de viajante, coche de empresa y suculentas dietas con las que malcomer en los fast food de esa zona de nadie en la que se alza majestuoso el edificio de EA. La dirección, en respuesta, ateniéndose a la lógica más elemental, calla (y no otorga).

Hay que mirar empero más allá de las apariencias, bordear las 7 horas 45 minutos de pétrea inmovilidad frente al ordenador, atados a sillas anatómicas que sólo te dejan ir al final de la jornada con la desgana de amantes reacios a abrir la cárcel de oro de sus brazos; mirar más allá, digo, para observar el movimiento subterráneo que caracteriza a estos esforzados operadores en el cumplimiento de su deber. Cada uno de ellos, tocado por el signo distintivo del viajero en seco, el auricular -vulgo pinganillo-, salva las más inimaginables distancias geográficas en su empeño por auxiliar al necesitado. Así, si nos fijamos en las expresiones de los rostros quietos, concentrados, veremos cómo aquel trabajador, por ejemplo, se deja arrullar por el lánguido rumor de las olas de una playa lejana, que le susurra al oído melodías dulces como sueños que se desvanecerán al despertar -o al pulsar el botón "fin de llamada". Mientras, aquella otra se agita con el traqueteo de un viejo tren tenazmente encaminado a cualquier destino perdido en la meseta, y casi le apetecería abrir un libro voluminoso con el que cumplir la feliz estampa viajera del tren y su cofradía. Por último, aquel otro le habla al aire viciado de fantasmas de una estación de metro; el llamante, incauto o simplemente apresurado, ha ingresado al subte en Ríos Rosas o Príncipe Pío sin antes llevar a término la llamada, y la información no suministrada, la gestión incompleta pesará entre ambos como una historia de amor que las circunstancias -culpemos al empedrado- han hecho imposible.

Por todo lo dicho, sumo mi voz a la petición de unas condiciones laborales más dignas y acordes a la actividad realizada. Dietas por kilometraje, ya.

(En el siguiente comunicado hablaremos de la peligrosidad laboral asociada al puesto de teleoperador)

Fdo.: El enlace sindical.

lunes, noviembre 27, 2006

Call center bytes, 2

El médium.

Entre el jolgorio general que domina el call center, las risas y las carreras, los coqueteos de cajetín a cajetín, las bolsas de panchitos y, de vez en cuando, algún timbrazo inoportuno, se destaca una figura sobria, ensimismada, casi autista. Mirándola uno caería en la tentación de pensar que es el orgullo de las coordinadoras, el ojito derecho del gineceo de reinas-madre que administra la rumorosa y agitada vida de la colmena: siempre tan serio, tan ajeno, su mirada nunca despegándose del rácano horizonte de su cajetín, en cuyos confines parece encontrar algún ignoto paraíso del todo invisible para sus compañeros. Qué ejemplar, pensará uno, qué aplicado, comentará otra, qué aburrimiento, bostezarán todos.

Pero si uno se acerca a investigar, y se embosca más o menos discretamente tras los hombros de este individuo, podrá ver más de un fenómeno sorprendente. Para empezar constatará que su mano nunca descansa, que no deja ni por un momento de zaherir el papel en el que, entre números de teléfono, nombres de clientes, ciudades y demás información desechable, crece la grafía de una firma irregular, que se repite una y otra vez invadiendo imparable todos los rincones en blanco que deja la mezquina acumulación de datos inútiles. El resultado es de un cierto horror vacui, y deja al observador un regusto metafísico en el paladar.

La tentación de preguntar es alta, más cuando se constata que la firma no parece corresponder al nombre conocido, que el individuo repite puntualmente tras cada timbrazo -con la apariencia de quien surge de un trance hipnótico- dentro de la fórmula ritual de saludo. Uno esperará entonces verlo terminar su gestión, y en el siguiente entreacto se fijará en cómo esa mirada se le vuelve a extraviar en un punto invisible, en cómo esa mano arranca de nuevo a escribir a su aire, como dotada de vida propia, al dictado de una voz que sólo ella parece escuchar. Y mientras esa firma obsesiva seguirá extendiéndose, primero rápida y furiosa, luego con languidez y trazo algo fantasmal -la mano tonta de quien ya apenas atiende a lo que hace- sobre un folio detrás de otro...

Un nuevo timbrazo hará volver en sí a este hombre, que, de nuevo él mismo, repetirá la fórmula de bienvenida oportuna; si bien esta vez, al llegar a su nombre, la voz sonará algo vacilante. Y entonces todo quedará claro al fin, y uno volverá a su asiento callado, pensando oscuramente en los laberintos de la identidad, los fantasmas rencorosos que acechan para recordarnos quién fuimos o quién quisimos ser, dinamitando la fe en un presente quebradizo, un yo incierto.

Luego uno volverá al trabajo, y ya en la primera llamada dudará. Aquél que siempre se jactó de atender con la fría eficacia del contestador automático, descubrirá cómo, ante la voz inquisitiva al otro lado de la línea, le pasa lo que nunca le ocurrió. Un gatillazo inexplicable.

La grabación se le atasca.